El Thyssen se sumerge en las sombras

En una época en la que los ánimos de todo el mundo se han vuelto por lo general sombríos, parece particularmente oportuno recrearse en la sombra, descubrir los modos en los que ésta ha sido representada, visitando la exposición que con el título de La sombra se inaugura hoy en el Museo Thyssen de Madrid.

Una visitante observa el cuadro Los orígenes del realismo socialista, de la serie Realismo socialista nostálgico 1982-1983, de Vitaly Komar y Alexander Melamid; a la derecha, La invención del arte del dibujo, de Joseph Benoît Suvvèe, dos obras que se exponen en el Museo Thyssen de Madrid. Cristóbal Manuel

En su breve ensayo acerca de la sombra en la pintura, el gran historiador E. H. Gombrich señala la poca fortuna que la sombra proyectada ha tenido en la historia del arte. Entre los pintores, incluso entre los más eminentes, han sido minoría los que la han tenido en cuenta. Las razones son variopintas, si bien quienes saben de ello aducen dos fundamentales: por un lado, las religioso-metafísicas, que, desde el neoplatonismo, la identificaban con el mundo de las apariencias (la caverna platónica) y hacían de ella, por tanto, un motivo escasamente atractivo en una iconografía imbuida de teología cristiana, y, por otro, las de índole técnica, debidas a la renuencia de los pintores a enturbiar sus composiciones con un elemento tan ubicuo y distorsionador.

La sombra se deja ver marginalmente en el Renacimiento, estrechamente relacionada con el interés por la perspectiva; aunque anecdótica, pues es la luz la que ostenta el protagonismo, tiene una novedosa vida en el Barroco, sobre todo con los seguidores de Caravaggio, que conciben sus obras para refulgir en la oscuridad iluminada por las velas; y reaparece, asociada ya a lo tenebroso y siniestro, en el Romanticismo; pero no es hasta el siglo XX cuando atrae por sí misma la atención de un número considerable de artistas. En realidad, antes del pasado siglo prácticamente sólo aparecía como motivo central en las representaciones del mito del nacimiento de la pintura que, siguiendo a Plinio el Viejo y a Quintiliano, lo situaban en los primeros intentos de delinear el contorno de la sombra de un hombre, así como en las contadas recreaciones del episodio de la vida de san Pedro en el que éste sana a unos enfermos imponiéndoles su sombra.

El extraño desinterés de la mayoría de los pintores antiguos por la sombra fue paralelo al abandono de su estudio por la historiografía del arte. Curiosamente, los tres libros que hoy se manejan como clásicos acerca del tema se publicaron hace poco más de veinte años: el ya mencionado de Gombrich, y los de M. Baxadall y Victor I. Stoichita.

Stoichita es el comisario de la muestra del Thyssen, y resulta inevitable relacionar la suya con la que sobre el mismo tema se celebró en 1995 en la National Gallery de Londres, con la que por cierto guarda coincidencias, como esa maravillosa pieza del taller de Rembrandt titulada Hombre sentado leyendo en la mesa de una habitación noble, en la que la sombra de una vidriera invade en diagonal todo el espacio superior del cuadro. A diferencia de aquélla, en la que se exponían apenas medio centenar de obras, todas de gran categoría, en esta de Madrid, que reúne 144 entre pinturas y fotografías, parece haberse privilegiado el hilo cronológico y la tangencialidad de la mirada. Por eso, y porque tal vez no todos los préstamos han sido posibles, reúne obras de disparejo interés junto a ausencias notables como las de Velázquez, Tiziano o Vermeer, algunas de las cuales sí han sido reseñadas en el catálogo.

La muestra se abre, a modo de prólogo, con algunas alegorías del nacimiento de la pintura, entre las que destacan un lienzo de Matías de Arteaga hasta hace no mucho atribuido a Murillo, y prosigue desde el Renacimiento hasta nuestros días a través de ocho capítulos que siempre ofrecen ocasión para una parada. Qué deliciosa ingenuidad, por ejemplo, la tabla titulada La huida de Egipto, de Giovanni di Paolo, en la que casi todos los elementos ostentan su sombra correspondiente, pero no así las figuras sagradas que aparecen en el primer plano. O la teatralidad chinesca de las alargadas sombras de la Negación de san Pedro, de Jean Lecrerc. O Corral de locos, de Goya, en el que, a la sombra de un patio cerrado, un grupo de dementes se desgañita bajo un cielo impasible a su suerte. O Autorretrato junto al caballete, de Félix Nussbaum, en el que su escuálida sombra y los frascos de veneno de la paleta reflejan los miedos que sobre él se abatían mientras se refugiaba de los nazis en Ámsterdam. O Bailarín bajo el cielo, de Max Ernst, en el que la sombra de una figura se escapa, por el marco, de la superficie plana del cuadro.

En su clarividente ensayo Elogio de la sombra, el escritor japonés Tanizaki dice que mientras que la cultura oriental se recrea en la sombra, en Occidente hemos tratado de huir de ella. Quizá su aparición en la pintura no haya sido posible hasta que, merced a la técnica, los interiores estuvieron uniformemente iluminados. No vayamos a hacer ahora como el desgraciado Peter Schlemihl de la fábula de Chamisso, que vendió la suya por una bolsa de oro y nunca recobró la paz.

Recorrido

La muestra se divide en dos grandes bloques:

  • Primero. En el Thyssen se recorre la obra de artistas y movimientos que, desde el Renacimiento hasta finales del XIX, han utilizado la sombra.
  • Segundo. El siglo XX centra el contenido de las salas de exposición de la Fundación Caja Madrid. Se abre con una sección dedicada a las "sombras y luces de la modernidad", representadas a lo largo del siglo XX, con especial atención al surrealismo y al expresionismo alemán.
  • Pintores. Entre otros, Van Eyck, Rembrandt, Georges de La Tour, Goya, Pissarro, Monet y Rusiñol: del XX, Edward Hopper, Picasso, Magritte y Dalí. También, el uso lúdico de la sombra en la fotografía de Man Ray o en las experiencias cinematográficas de Murnau, Orson Welles o Peter Greenaway.

Marcos Giralt Torrente, autor de Los seres felices y París, , El País, 9 de febrero de 2009